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“De Fantasía a Carmen”
¡Un mundo de color de rosas! Ella cantaba en un escenario amplio alumbrado por luces de todos los colores. Podía escuchar la voz de un publico eufórico que gritaba su nombre. Tras bastidores, la esperaba el hombre del sombrero blanco, que tenía olor a hombre de verdad. La asía fuertemente entre sus brazos y mil veces besaba sus labios, y otras mil le decía que la amaba… Sonó abrúptamente el reloj despertador, ya eran las seis de la tarde. Fantasía se despertaba siempre a esa hora. Con el recuerdo del hombre del sombrero blanco y a su olor a hombre de verdad, se levantó de un salto. Se dirigió al baño a lavarse la cara. Al secarse y levantar los ojos estudió cada una de sus arrugas. Casi se le salen las lágrimas de esos ojos, que parecen los de una niña que vió mucho, pero nunca entendió nada. Fantasía se despojó de su bata blanca para disfrazarse de su nombre. Peinó su cabello largo y alborotado en una moña para que el viento no se lo enredase en su rostro. Zapatos de tacón y carmín del color del fuego completaron su disfraz. Fantasía respiró profundamente, susurró una oración a la Virgen, como le enseñaron en su casa, y salió acompañada de su hermana luna. Pero esa noche era diferente a las demás. El viento de noches anteriores se convirtió en una suave brisa agradable, casi acariciante. Lo coquíes cantaban alegremente, casi al unísono. Y la luna… la luna estaba bella. Hasta casi parecía que la Madre Naturaleza sabía que esa noche Fantasía iba a ser liberada. La luna alumbraba el camino de Fantasía por las angostas calles sanjuaneras. Caminaba muy confiada y aún con el recuerdo del hombre de verdad. En su dormitar alucinante, se descuidó y caminó debajo de la sombra de un árbol que no dejaba que pasaran los rayos de la luna. Uno de sus tacos se encajó entre dos adoquines. Mientras Fantasía trataba de liberar su pie, se resbaló y cayó al suelo, golpeándose fuertemente la cabeza. En ese último microscópico milisegundo de aliento en que Fantasía inhaló para gritar de dolor, un rayito de luna logró escurrirse entre las hojas del árbol, y se le metió en las pupilas. Ella sólo sonrió y dijo, “He despertado. Mi nombre es Carmen. Desde ahora en adelante no voy a trabajar aquí. ¡Me voy pá la otra esquina, carajo! ¡Ya me he escocota’o demasiadas veces en ésta por estar pensando en pajaritos preña’os!”. La mujer se levantó, y siguió su camino…
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